Ahí vienen los cuentos y relatos.....

cuento1 JCS LOS PECES, SU RELOJ Y LOS DERECHOS ADQUIRIDOS

Con este cuento rememoro mis estíos de infancia y sobre tales recuerdos se construye un relato que versa sobre peces, relojes y derechos...

cuento2 JCS LOS QUE NO TE OLVIDAN

Este cuento versa sobre las pasantías de abogados y sobre la soledad, configurando una moneda con cara cuasi cómica y cruz cuasi trágica...

Relatos cortos, mini relatos y pensamientos JCS

Sube y baja

 Yo en la barcaza y, a lo lejos –juguetón-, el campanario blanco subiendo y bajando al vaivén de las olas.

 Esa imagen, enmarcada en el azul del cielo, oliendo a  algas y a sal, la recuerdo hoy con añoranza  cuando intento centrar, en el punto de mira de la  desvencijada escopeta de feria, al monigote que, risueño él, sube y baja al fondo de la caseta de tiro.

Aquí el ambiente de feria es denso, vital, impregnado en aceite de churrero, música de acordeón y bullicio de la gente.

Tan distinto…Tan igual…

Y de nuevo, aquel olor a brea, aquella música del agua, del viento y de las gaviotas picoteando el pescado en cubierta. Aquella paz inmensa!!

 

Subiendo y bajando…

 

Jordi Cabezas Salmerón

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Noche de niebla

La negrura de la noche, apenas quebrada por la amarillenta y débil  luz de las pacientes farolas, nos permitía presenciar  –aún con dificultad-  un parto secreto.

Así de sus entrañas, las frías aguas daban vida al velo blanquecino de la niebla, que iniciaba su perezoso caminar en pos del cielo.

 

Jordi Cabezas Salmerón

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Norte

El viento llegó, finalmente, con toda su fuerza.

Desde que la tarde inició su declive, las ramas desnudas de los árboles más próximos a la casa daban ya aviso de esa pronta llegada.

Era, pensé, como si golpeasen en las ventanas para que, en respuesta a su llamada, éstas se abriesen de par en par, allanando así el camino a nuestro visitante; el rudo y orgulloso viento del norte.

Fue  una  noche sin calma alguna; el viento corrió a sus anchas por el estrecho valle, poseyéndolo. El salto del torrente perdió su voz –creo que por timidez- y cedió el protagonismo al ronco bramido de aquel inquieto viajero del norte. Éste, al parecer y en agradecimiento, no peleaba con el torrente, tan solo acariciaba su liquido lomo y jugaba en el salto dispersando la cascada –ahora a un lado, luego a otro- en todas direcciones; por ello las rocas y hierbajos próximos sonreían, brillantes, empapados de agua, bajo la luz de la luna.

Sí luchaba, en cambio el viento, contra los árboles, posiblemente enojado por la escasa convicción de sus ramas en el golpeo a las ventanas de mi hogar, que por ello halló cerradas, lo que obligó al sonoro viajero a bordearlo, contrariándole y generando su enfado.

Enfado que le llevó a ser más duro con los zarzales que, tras la peña, orillaban el rio. Los zarandeó con fuerza obligándoles a beber la fría agua, sin preguntar por su sed, y a lavarse incluso la cara, sabedor de que no la podrían secar hasta que él cesase su carrera y, de nuevo, el sol les calentase.

Así es el carácter de ese viento. Y se me antoja que también el de nuestros impulsos; estoy íntimamente convencido de que proceden del mismo norte.

 

Jordi Cabezas Salmerón

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Humo

Llegué al valle un húmedo atardecer de otoño.

Aquél se hallaba sumido en la semioscuridad y en la quietud.

Tan sólo unos pocos signos de vida: el ronco ladrar de un perro –posiblemente percatado de mi llegada- y el humo que brotaba por las chimeneas de las casonas de piedra dibujando –con la ayuda de la débil brisa- toda clase de enigmáticas formas en el aire.

Conforme me iba acercando se me antojó pensar que esas formas eran palabras sin voz y que cada columna de humo tenía prisa por hablar, contando las intimidades que acontecían en las entrañas de la casa, junto a la lumbre de su hogar.

Así debía ser, y unas conversaciones parecían más vivas que otras, o más tristes o….

Lástima –me dije-  de no conocer ese lenguaje  humeante pues, de haberlo hecho, sería yo un forastero en el angosto valle, pero bien informado de todas las cuitas que allí existían.

  

Jordi Cabezas Salmerón

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Frescor

 

Los pies –desnudos-  en el arroyo, limpio y vivo.

La espalda apoyada en mi amigo, el chopo.

Las manos hundidas en la verde hierba del ribazo.

Y la vista alzada, contemplando la suave cúpula de hojas que, besadas por el viento, dejan entrever el firmamento.

  

Jordi Cabezas Salmerón

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Tras la noche, el día

Tras la lúgubre noche, la mañana alegre, rebosante de sol, el mar encrespado - por el ventarrón del norte-  nos sonríe con la blanca espuma en las crestas de sus olas que rompen, sobre los cantos, a mis pies.

 

Jordi Cabezas Salmerón

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Paisaje Griego

Olivos, cipreses, emparrados de vid e higueras a cuyo pie y apoyados en sus fuertes troncos, se tumban gatos indolentes que dejan pasar el tiempo, denso como el olor que se desprende de los arbustos.

En ese marco, al que las cigarras aportan la música se halla la casucha de muros blancos que se broncean al sol del incomparable Mediterráneo.

Y allá abajo el agua de un azul intenso, limpia y pacífica ahora, pero temible cuando la plata de los olivos reparte reflejos por doquier y los cipreses saludan reiteradamente, ayudados por el fuerte viento.

 

Jordi Cabezas Salmerón

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PRIMAVERA

Los prados desangrándose a borbotones de amapolas surgidas de sus entrañas, que todo lo enrojecen…

Y ese cielo tan azul…

Belleza sin parangón!!

 

Jordi Cabezas Salmeron

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Cap de Creus

Hieres al mar al hundirte en él  y herido eres por el viento. Gaviotas, paz, desolación.

 

Jordi Cabezas Salmerón

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Mejor, imposible 

La espalda en contacto con la tierra, las caricias del sol en el pecho y, en lo alto, las espigas mecidas por el suave viento… y, aún más allá, las nubes de algodón  pintadas en el azul del cielo… 

Jordi Cabezas Salmeron

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Sonrisa 

Justo, cuando el sol comienza a descubrirse tras el cercano  monte, la hierba del prado -aún bañada en el rocío de la noche- le agradece su presencia con una bella sonrisa.

Linda sonrisa la de ese tapiz verde aún húmedo  que, acariciado por ese primer sol, nos obsequia con sus brillantes reflejos.

Brillos que recuerdan a los de la faz plena de una niña mostrando, al sonreír, sus blancos dientes y llenando, a la par, sus ojos con chispas de alegría cuando, tras el llanto oscuro de la noche, es besada por su madre, que le da los buenos días. 

Jordi Cabezas Salmeron

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Chuti, amigo fiel 

Avispado y fiel compañero de aquellos apacibles estíos ya tan lejanos. 

¿Recuerdas amigo, allá donde estés, cómo trotábamos juntos por la orilla de nuestro rio hasta llegar, sudorosos, a la fuente saltarina en que saciábamos nuestra sed? 

¿Recuerdas, asimismo, aquel roble majestuoso a cuya sombra nos sentábamos, después, los dos bien juntos? 

Aquella sombra que, entonces, nos parecía albergar en su seno no sé bien qué clase de tesoro.

 Seguro que te acuerdas, fiel amigo. Seguro que te acuerdas como también lo hago yo.

 Y a buen seguro también que, allí enterrado, sigue durmiendo aquél tesoro… el de nuestra amistad.

 

Jordi Cabezas Salmeron

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El viejo monasterio 

Sobrias, altivas y desafiantes se yerguen hacia el frio cielo las torres del monasterio. La fina lluvia les moja sus caras. Al frente la húmeda montaña, contra el viento; a su espalda el acantilado desplomándose sobre la bahía. Como fondo sonoro, las evocadoras voces de gaviotas y gavilanes, de olas y de lluvia golpeando a las piedras 

Jordi Cabezas Salmeron

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Empinado 

El entrañable campanario contempla, a sus pies, los tejados de las casas. Cuando llore, y lo hará en los días de lluvia, sus lágrimas se deslizarán por las empinadas callejuelas empedradas buscando, afanosamente, el mar. 

 

Jordi Cabezas Salmeron

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Acusación al tren

 Ya el túnel y enseguida la estación. Sólo que, esta vez, el convoy pasa fugazmente por ella, dejándola atrás sin mostrarle deferencia alguna.

Por mi parte, dedico -como siempre- una mirada amable a la antigua caseta con su campanilla brillante y a su enorme reloj; también a los bancos de madera –testigos mudos de tantas esperas- desgastados por la constante caricia humana y a los que poco importa la parte del cuerpo responsable del afecto recibido.

Todo ello va empequeñeciéndose cada vez más conforme el tren prosigue su marcha.

Sin embargo, cuando antaño iniciaba aquellos veranos de infancia, esa era mi estación de destino y al detenerse el tren en ella me apeaba yo del mismo poniendo los pies en tierra, tras saltar desde el último escalón del estribo que colgaba del viejo vagón de tercera.

Y lo hacía con la sensación de tomar posesión  de mis dominios, recobrándolos tras casi un año de ausencia. Se me abría un mundo que había estado hibernando nueve meses.

Había vuelto de nuevo. Me hallaba orgulloso y pleno por ello.

No me preocupaba, entonces, que el tren reemprendiera su  andadura, probablemente para depositar a otros “reconquistadores” -como yo- en parajes aún más lejanos.

Mientras él se distanciaba en pos de ellos, nosotros iniciábamos la senda para cubrir el buen trecho que nos separaba del pequeño caserío en que yo viviría esa mi aventura anual

Iba, por fin, a  reencontrarme con el viejo “pincho” (senador perruno de la zona), con “estrella” (esposa del senador) y con mi amigo “chuti”; el revoltoso y cordial “chuti”. Este último, como de costumbre, me recibiría  brincando de alegría relegando al olvido la tristeza de nuestra  despedida al término del anterior verano.

Ninguna decepción al llegar. Todo estaba igual o así me lo parecía: las gentes, la casa, sus huertos, los animales de la granja, el río –mi río- y aquel tronco que, a modo de puente, lo cruzaba. El verano era mío.

¿Cómo puede pasar ahora el tren en que viajo con tamaña celeridad ante un mundo tan rico…?

Conforme, ya muy superada la estación, enfilamos un tramo recto de vía férrea junto a la sombría montaña, la calidez sentida instantes antes en mis entrañas va desapareciendo, a la par que mi pulso recobra su ritmo normal tras el alegre alboroto.

Cuanto placer  puede causar un recuerdo!

El convoy, probablemente ajeno a mi sentir, sigue rompiendo con brío las deshilachadas nieblas de la zona, que se me antojan parejas de amantes.

Parejas compuestas por los humos y las brumas. Pues intuyo que esos humos, procedentes de  hogares en que el fuego se come   los leños -dando calor este invierno a los habitantes del congosto que atravesamos-, se escapan por las chimeneas para galantear con sus novias, las brumas nacidas del cercano rio.

Pese a ser abogado defensor yo acuso, hoy a este tren,  por su poco respeto a mis recuerdos y a los amantes.

 

Jordi Cabezas Salmeron

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ATARDECER EN MI RIO

El día fenece y, a esa hora, el río se nos muestra más sereno, más calmo…

La negrura reflejada de aquellas verdes hojas, hojas del viejo álamo, tatúan su líquida superficie  en ese tramo del cauce.

El árbol también parece reposar, ya, tras saciar su sed en ese agua cristalina que lame sus raíces sin descanso.

Un tatuaje cambiante según el capricho de la brisa vespertina que, acariciadora,  mece las ramas del chopo.

Pronto dejarán de percibirse esos dibujos pues la penumbra se adueñará del lugar y el silencio se hará aún mayor dado que las aguas, somnolientas, irán enmudeciendo hasta quedar casi dormidas.

Se bajará, definitivamente por hoy, la cortina en ese magnífico teatro. El fantástico espectáculo de sombras chinescas concluirá.

O quizás pueda ofrecérsenos  una segunda sesión –la de noche- si la luna brilla lo suficiente.

El  cauce de mi río, en ese paraje, surca un territorio idílico, pleno de exuberante vegetación.

Es por ello  que, al bajar las aguas, éstas quedan tan prendadas de la belleza circundante que se resisten a alejarse.

Se me antoja que el remanso  formado junto al  monumental chopo, no se debe al merecido descanso del agua tras sus alegres saltos entre las rocas tramo arriba, sino al deseo de restar contemplando el  lindo entorno.

Es más, estoy convencido de que, aquella masa liquida, no tan sólo disminuye su carrera río abajo en un intento de permanecer en el lugar, sino que, al no conseguirlo plenamente, ha gestado una especie de milagro por el que, a través de cualquier caverna ignota, poder  salirse del cauce principal y retroceder ribazo arriba para volver a descender, pasando de nuevo por el lugar que le tiene robado el corazón.

De tal forma que en esta corriente de agua y, al menos en ese trocito de paraíso, quiebra aquello de que el río no es el mismo nunca, pues su  agua no pasa dos veces frente a nosotros sino que, a cada instante, es distinta.  No, en mi río la misma agua pasa muchas veces frente al público del teatro de sombras, convertida en pantalla líquida sobre la que aquéllas se proyectan,  a la par que se convierten todas sus gotas en espectadoras del sublime espectáculo que, en ese remanso, le ofrece la naturaleza de alrededor.

 

Jordi Cabezas Salmerón

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