Ahí vienen los cuentos y relatos.....

cuento1 JCS LOS PECES, SU RELOJ Y LOS DERECHOS ADQUIRIDOS

Con este cuento rememoro mis estíos de infancia y sobre tales recuerdos se construye un relato que versa sobre peces, relojes y derechos...

cuento2 JCS LOS QUE NO TE OLVIDAN

Este cuento versa sobre las pasantías de abogados y sobre la soledad, configurando una moneda con cara cuasi cómica y cruz cuasi trágica...

Relatos cortos, mini relatos y pensamientos JCS

Sube y baja

 Yo en la barcaza y, a lo lejos –juguetón-, el campanario blanco subiendo y bajando al vaivén de las olas.

 Esa imagen, enmarcada en el azul del cielo, oliendo a  algas y a sal, la recuerdo hoy con añoranza  cuando intento centrar, en el punto de mira de la  desvencijada escopeta de feria, al monigote que, risueño él, sube y baja al fondo de la caseta de tiro.

Aquí el ambiente de feria es denso, vital, impregnado en aceite de churrero, música de acordeón y bullicio de la gente.

Tan distinto…Tan igual…

Y de nuevo, aquel olor a brea, aquella música del agua, del viento y de las gaviotas picoteando el pescado en cubierta. Aquella paz inmensa!!

 

Subiendo y bajando…

 

Jordi Cabezas Salmerón

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Noche de niebla

La negrura de la noche, apenas quebrada por la amarillenta y débil  luz de las pacientes farolas, nos permitía presenciar  –aún con dificultad-  un parto secreto.

Así de sus entrañas, las frías aguas daban vida al velo blanquecino de la niebla, que iniciaba su perezoso caminar en pos del cielo.

 

Jordi Cabezas Salmerón

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Norte

El viento llegó, finalmente, con toda su fuerza.

Desde que la tarde inició su declive, las ramas desnudas de los árboles más próximos a la casa daban ya aviso de esa pronta llegada.

Era, pensé, como si golpeasen en las ventanas para que, en respuesta a su llamada, éstas se abriesen de par en par, allanando así el camino a nuestro visitante; el rudo y orgulloso viento del norte.

Fue  una  noche sin calma alguna; el viento corrió a sus anchas por el estrecho valle, poseyéndolo. El salto del torrente perdió su voz –creo que por timidez- y cedió el protagonismo al ronco bramido de aquel inquieto viajero del norte. Éste, al parecer y en agradecimiento, no peleaba con el torrente, tan solo acariciaba su liquido lomo y jugaba en el salto dispersando la cascada –ahora a un lado, luego a otro- en todas direcciones; por ello las rocas y hierbajos próximos sonreían, brillantes, empapados de agua, bajo la luz de la luna.

Sí luchaba, en cambio el viento, contra los árboles, posiblemente enojado por la escasa convicción de sus ramas en el golpeo a las ventanas de mi hogar, que por ello halló cerradas, lo que obligó al sonoro viajero a bordearlo, contrariándole y generando su enfado.

Enfado que le llevó a ser más duro con los zarzales que, tras la peña, orillaban el rio. Los zarandeó con fuerza obligándoles a beber la fría agua, sin preguntar por su sed, y a lavarse incluso la cara, sabedor de que no la podrían secar hasta que él cesase su carrera y, de nuevo, el sol les calentase.

Así es el carácter de ese viento. Y se me antoja que también el de nuestros impulsos; estoy íntimamente convencido de que proceden del mismo norte.

 

Jordi Cabezas Salmerón

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Humo

Llegué al valle un húmedo atardecer de otoño.

Aquél se hallaba sumido en la semioscuridad y en la quietud.

Tan sólo unos pocos signos de vida: el ronco ladrar de un perro –posiblemente percatado de mi llegada- y el humo que brotaba por las chimeneas de las casonas de piedra dibujando –con la ayuda de la débil brisa- toda clase de enigmáticas formas en el aire.

Conforme me iba acercando se me antojó pensar que esas formas eran palabras sin voz y que cada columna de humo tenía prisa por hablar, contando las intimidades que acontecían en las entrañas de la casa, junto a la lumbre de su hogar.

Así debía ser, y unas conversaciones parecían más vivas que otras, o más tristes o….

Lástima –me dije-  de no conocer ese lenguaje  humeante pues, de haberlo hecho, sería yo un forastero en el angosto valle, pero bien informado de todas las cuitas que allí existían.

  

Jordi Cabezas Salmerón

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Frescor

 

Los pies –desnudos-  en el arroyo, limpio y vivo.

La espalda apoyada en mi amigo, el chopo.

Las manos hundidas en la verde hierba del ribazo.

Y la vista alzada, contemplando la suave cúpula de hojas que, besadas por el viento, dejan entrever el firmamento.

  

Jordi Cabezas Salmerón

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Tras la noche, el día

Tras la lúgubre noche, la mañana alegre, rebosante de sol, el mar encrespado - por el ventarrón del norte-  nos sonríe con la blanca espuma en las crestas de sus olas que rompen, sobre los cantos, a mis pies.

 

Jordi Cabezas Salmerón

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Paisaje Griego

Olivos, cipreses, emparrados de vid e higueras a cuyo pie y apoyados en sus fuertes troncos, se tumban gatos indolentes que dejan pasar el tiempo, denso como el olor que se desprende de los arbustos.

En ese marco, al que las cigarras aportan la música se halla la casucha de muros blancos que se broncean al sol del incomparable Mediterráneo.

Y allá abajo el agua de un azul intenso, limpia y pacífica ahora, pero temible cuando la plata de los olivos reparte reflejos por doquier y los cipreses saludan reiteradamente, ayudados por el fuerte viento.

 

Jordi Cabezas Salmerón

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PRIMAVERA

Los prados desangrándose a borbotones de amapolas surgidas de sus entrañas, que todo lo enrojecen…

Y ese cielo tan azul…

Belleza sin parangón!!

 

Jordi Cabezas Salmeron

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Cap de Creus

Hieres al mar al hundirte en él  y herido eres por el viento. Gaviotas, paz, desolación.

 

Jordi Cabezas Salmerón

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Mejor, imposible 

La espalda en contacto con la tierra, las caricias del sol en el pecho y, en lo alto, las espigas mecidas por el suave viento… y, aún más allá, las nubes de algodón  pintadas en el azul del cielo… 

Jordi Cabezas Salmeron

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Sonrisa 

Justo, cuando el sol comienza a descubrirse tras el cercano  monte, la hierba del prado -aún bañada en el rocío de la noche- le agradece su presencia con una bella sonrisa.

Linda sonrisa la de ese tapiz verde aún húmedo  que, acariciado por ese primer sol, nos obsequia con sus brillantes reflejos.

Brillos que recuerdan a los de la faz plena de una niña mostrando, al sonreír, sus blancos dientes y llenando, a la par, sus ojos con chispas de alegría cuando, tras el llanto oscuro de la noche, es besada por su madre, que le da los buenos días. 

Jordi Cabezas Salmeron

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Chuti, amigo fiel 

Avispado y fiel compañero de aquellos apacibles estíos ya tan lejanos. 

¿Recuerdas amigo, allá donde estés, cómo trotábamos juntos por la orilla de nuestro rio hasta llegar, sudorosos, a la fuente saltarina en que saciábamos nuestra sed? 

¿Recuerdas, asimismo, aquel roble majestuoso a cuya sombra nos sentábamos, después, los dos bien juntos? 

Aquella sombra que, entonces, nos parecía albergar en su seno no sé bien qué clase de tesoro.

 Seguro que te acuerdas, fiel amigo. Seguro que te acuerdas como también lo hago yo.

 Y a buen seguro también que, allí enterrado, sigue durmiendo aquél tesoro… el de nuestra amistad.

 

Jordi Cabezas Salmeron

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El viejo monasterio 

Sobrias, altivas y desafiantes se yerguen hacia el frio cielo las torres del monasterio. La fina lluvia les moja sus caras. Al frente la húmeda montaña, contra el viento; a su espalda el acantilado desplomándose sobre la bahía. Como fondo sonoro, las evocadoras voces de gaviotas y gavilanes, de olas y de lluvia golpeando a las piedras 

Jordi Cabezas Salmeron

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Empinado 

El entrañable campanario contempla, a sus pies, los tejados de las casas. Cuando llore, y lo hará en los días de lluvia, sus lágrimas se deslizarán por las empinadas callejuelas empedradas buscando, afanosamente, el mar. 

 

Jordi Cabezas Salmeron

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Acusación al tren

 Ya el túnel y enseguida la estación. Sólo que, esta vez, el convoy pasa fugazmente por ella, dejándola atrás sin mostrarle deferencia alguna.

Por mi parte, dedico -como siempre- una mirada amable a la antigua caseta con su campanilla brillante y a su enorme reloj; también a los bancos de madera –testigos mudos de tantas esperas- desgastados por la constante caricia humana y a los que poco importa la parte del cuerpo responsable del afecto recibido.

Todo ello va empequeñeciéndose cada vez más conforme el tren prosigue su marcha.

Sin embargo, cuando antaño iniciaba aquellos veranos de infancia, esa era mi estación de destino y al detenerse el tren en ella me apeaba yo del mismo poniendo los pies en tierra, tras saltar desde el último escalón del estribo que colgaba del viejo vagón de tercera.

Y lo hacía con la sensación de tomar posesión  de mis dominios, recobrándolos tras casi un año de ausencia. Se me abría un mundo que había estado hibernando nueve meses.

Había vuelto de nuevo. Me hallaba orgulloso y pleno por ello.

No me preocupaba, entonces, que el tren reemprendiera su  andadura, probablemente para depositar a otros “reconquistadores” -como yo- en parajes aún más lejanos.

Mientras él se distanciaba en pos de ellos, nosotros iniciábamos la senda para cubrir el buen trecho que nos separaba del pequeño caserío en que yo viviría esa mi aventura anual

Iba, por fin, a  reencontrarme con el viejo “pincho” (senador perruno de la zona), con “estrella” (esposa del senador) y con mi amigo “chuti”; el revoltoso y cordial “chuti”. Este último, como de costumbre, me recibiría  brincando de alegría relegando al olvido la tristeza de nuestra  despedida al término del anterior verano.

Ninguna decepción al llegar. Todo estaba igual o así me lo parecía: las gentes, la casa, sus huertos, los animales de la granja, el río –mi río- y aquel tronco que, a modo de puente, lo cruzaba. El verano era mío.

¿Cómo puede pasar ahora el tren en que viajo con tamaña celeridad ante un mundo tan rico…?

Conforme, ya muy superada la estación, enfilamos un tramo recto de vía férrea junto a la sombría montaña, la calidez sentida instantes antes en mis entrañas va desapareciendo, a la par que mi pulso recobra su ritmo normal tras el alegre alboroto.

Cuanto placer  puede causar un recuerdo!

El convoy, probablemente ajeno a mi sentir, sigue rompiendo con brío las deshilachadas nieblas de la zona, que se me antojan parejas de amantes.

Parejas compuestas por los humos y las brumas. Pues intuyo que esos humos, procedentes de  hogares en que el fuego se come   los leños -dando calor este invierno a los habitantes del congosto que atravesamos-, se escapan por las chimeneas para galantear con sus novias, las brumas nacidas del cercano rio.

Pese a ser abogado defensor yo acuso, hoy a este tren,  por su poco respeto a mis recuerdos y a los amantes.

 

Jordi Cabezas Salmeron

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ATARDECER EN MI RIO

El día fenece y, a esa hora, el río se nos muestra más sereno, más calmo…

La negrura reflejada de aquellas verdes hojas, hojas del viejo álamo, tatúan su líquida superficie  en ese tramo del cauce.

El árbol también parece reposar, ya, tras saciar su sed en ese agua cristalina que lame sus raíces sin descanso.

Un tatuaje cambiante según el capricho de la brisa vespertina que, acariciadora,  mece las ramas del chopo.

Pronto dejarán de percibirse esos dibujos pues la penumbra se adueñará del lugar y el silencio se hará aún mayor dado que las aguas, somnolientas, irán enmudeciendo hasta quedar casi dormidas.

Se bajará, definitivamente por hoy, la cortina en ese magnífico teatro. El fantástico espectáculo de sombras chinescas concluirá.

O quizás pueda ofrecérsenos  una segunda sesión –la de noche- si la luna brilla lo suficiente.

El  cauce de mi río, en ese paraje, surca un territorio idílico, pleno de exuberante vegetación.

Es por ello  que, al bajar las aguas, éstas quedan tan prendadas de la belleza circundante que se resisten a alejarse.

Se me antoja que el remanso  formado junto al  monumental chopo, no se debe al merecido descanso del agua tras sus alegres saltos entre las rocas tramo arriba, sino al deseo de restar contemplando el  lindo entorno.

Es más, estoy convencido de que, aquella masa liquida, no tan sólo disminuye su carrera río abajo en un intento de permanecer en el lugar, sino que, al no conseguirlo plenamente, ha gestado una especie de milagro por el que, a través de cualquier caverna ignota, poder  salirse del cauce principal y retroceder ribazo arriba para volver a descender, pasando de nuevo por el lugar que le tiene robado el corazón.

De tal forma que en esta corriente de agua y, al menos en ese trocito de paraíso, quiebra aquello de que el río no es el mismo nunca, pues su  agua no pasa dos veces frente a nosotros sino que, a cada instante, es distinta.  No, en mi río la misma agua pasa muchas veces frente al público del teatro de sombras, convertida en pantalla líquida sobre la que aquéllas se proyectan,  a la par que se convierten todas sus gotas en espectadoras del sublime espectáculo que, en ese remanso, le ofrece la naturaleza de alrededor.

 

Jordi Cabezas Salmerón

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Historias de “mi puta mili”

El Autocar de Mariano

(Jordi Cabezas Salmerón)

 

Realmente ignorábamos si Mariano era el propietario de aquel achacoso autocar  o únicamente su conductor.

Lo que sí teníamos claro es que Mariano tenía más paciencia que el Santo Job (por lo que parece era campeón mundial en eso), además de ser un cachondo en el mejor sentido de la palabra.

Al llegar al campamento para iniciar nuestra vida militar (castrense en lenguaje más refinado), era imposible que un tremendo letrero de bienvenida se nos pasase por alto.

Mayor que los anuncios de carretera referidos a Coca Cola, oye.

Rezaba así: “Señora, si su hijo padece estreñimiento, tráigalo a San Clemente y se cagará hasta en su padre”. Empezamos bien, nos dijimos.

Al llegar al barracón asignado, un enorme silbato de piedra con corona se erguía junto a la puerta. Y otro letrerito: “Su majestad el pito, al oir su voz temblad”. Esto mejora (volvimos a pensar).

Y para terminar con la bienvenida, un señor vestido de camuflaje con unas estrellitas en las hombreras nos iba saludando uno a uno. Al llegar a mí, se interesó por cómo me llamaba; tras responderle, dejo caer lo que sigue: “chaval tú estás aquí porque hemos de tener un animal de cada clase, que si no…”.

Emocionado por la recepción me fui, junto a mis compas, a dormir en el catre. Tras una noche soñando como fugarme de allí, me despertó su puñetera majestad, el pito. Y a partir de ese momento fue un no parar; os lo digo de veras.

Enseguida pensé el por qué aquel tío con estrellas (luego, durante los viajes en el autocar de Mariano, aprendí el significado de las mismas) se interesó por mi nombre, pues finalmente me bautizaron de nuevo (Número 157, tercera compañía, primer batallón, barracón 9a). Ignoro la fecha de celebración en el santoral. 

Tras una dura semana de instrucción (o de yo que sé), quienes no habían sido arrestados podían salir de permiso los viernes tarde hasta domingos noche, si así lo deseaban.

Tras la comida del mediodía del viernes ya se iban estacionando en la explanada los autocares que, previo pago, iban a desplazar a Barcelona a quienes, afortunados, gozaban de permiso (incluido -no en todas las ocasiones- el menda).  En pocas horas saldrían alegres  del lugar para regresarnos, más tristes, el domingo al final de la tarde.

Autocares los había de muchas clases y precios; naturalmente la ley del mercado impera por doquier Desde lujosos, potentes, con vivos y brillantes colores, hasta cafeteras con ruedas.

El del Sr. Mariano hacía un café que no veas. Andar, andaba. Para correr necesitaba ayuda divina. Pero el precio, ay el precio, ese era de escándalo. Los de mi pandilla lo elegimos sin dudar.

A la larga, esos trayectos en el “Autocar de Mariano”   pasaron a ser casi lo mejor de las licencias –con permiso de novias y familias-. El cacharro andante no mejoró pero el cachondeo que nos llevábamos por ese motivo y el talante y retranca del distinguido chofer resultaron inolvidables.

En los primeros viajes con Mariano, cantábamos desaforadamente la canción aquella  que servía para conocer los rangos y distintivos de la escala de mandos militares. Aún la recuerdo más de cincuenta años después: “Si un  teniente te pide amor, te pide amor, niña bonita dile que no, que un teniente no puede ser con dos estrellas tener mujer, tener mujer”   y así para el alférez con una estrella, el capitán con tres, el sargento con tres galones etc. Era larga –muy muy larga- repasando las distintas categorías de tropa, suboficiales, oficiales, jefes y generales. Pero nuestro  autocar/cafetera era lento, muy lento, y, por ende, el tiempo del desplazamiento era mucho, mucho, mucho. Y daba para repetir la cancioncita tropecientas veces mínimo. Ahí descubrí –como antes he citado- que el señor con estrellitas que me dio  acogida a la vida militar era teniente, mira por dónde; dos estrellitas –de seis puntas- igual a teniente. Por eso, cuando  meses después me despedí de él, le dije: mi teniente,  dígame qué clase de animal soy. El caballero de las dos estrellas me contestó seriamente: ahora, es Vd. un hombre. Qué alegrón el mío!!

Como es de ver, el autocar de Mariano era lento de narices y el mismo Mariano no era tampoco Fittipaldi. En ruta nos avanzaban todos los autocares que habían salido tras  el nuestro, con el natural cachondeo de sus ocupantes.

En esos momentos, espoleados y cabreados por igual, le gritábamos a nuestro Sr. Mariano que no se esmerase tanto en llegar el último, pues no existía ningún premio especial para el colista. Pero ni con esas.

Obviamente, tampoco nuestro conductor era sensible al ánimo que debiera infundirle aquello de “Mariano es un conductor de primera, acelera, acelera”. Lo intentamos hasta el hartazgo, pero nada.

 

Habida cuenta de que, incluso tras darle útiles ideas al chofer (como la de que quitase el freno de mano o dejase de hacer ruido con la boca y encendiese el motor -por citar algunas-), tampoco había  forma de ir más rápidos (de ir más despacio, que todo ha de decirse, aún menos), comenzábamos el jolgorio a base de burradas e ironías al por mayor. Tales como las que, entre otras muchas, se indican seguidamente y comunes en todos los trayectos de bajada a BCN (para volver no había ni prisa ni tanta alegría):

¡Mariano, por favooor, no tan rápido que tenemos vértigo!

¡Mariano, afloja un poco que aquí atrás va un embarazado y se marea!

¡Arréale Mariano, que un casado de aquí desea ver a su hijito antes de que llamen a filas a la pobre criatura!

¡Silencio todos, que Mariano necesita concentración para poner la tercera marcha!

El Santo Job que manejaba aquel engendro rodante se iba riendo o respondiendo que, si seguía el vocerío, se detenía en la primera gasolinera y llamaba a la Policia Militar; entonces todos a caro: no, por favooor Marianico, la P.M. no, la P.M. no.

Seguíamos con aquello de: “Mariano, debe ser jodido que, con tu vocación, te suspendieran como conductor de ambulancias” y otro coro afinaba “es que en la ficha de pacientes trasladados habría un lio con sus edades, una al salir de casa y otra al llegar al hospital”

¡Mariano, que me orino (por ser ahora refinado)! Soltaba otro. ¡Haber meado (ahora sin refinamiento) antes de salir, chaval! le arreaba nuestro heroico chofer.

¡Ya lo hice, pero eso fue anteayer, jefe!, le respondía el de la vejiga rebosante que reclamaba un orinal. Pero en el engendro no existía ni extintor ni orinal ni “ná de ná”.  

Otros le reprochaban al “orinando”, que dejase de tocar las narices, pues con el ritmo que llevábamos sólo nos  faltaba una paradita.

El de la vejiga contraatacaba diciendo que no hacía falta que parase ya que si abría la puerta en marcha, él bajaba, desahogaba la vejiga de marras y a pasito ligero volvía a  pillar al bendito autocar. No se abrió puerta alguna.

Al poco unos de la última fila le decían al querido Mariano que pusiese los limpia parabrisas  pues estaba lloviendo y que el coche de atrás ya los tenia activados; La inquietud por falta de buena visibilidad a la “tremenda” velocidad que llevábamos, nos hacia pedir, ya a todos, la puesta en marcha del limpia.

En esos momentos “de peligro” el propietario de la vejiga que nos ocupa gritó : “qué lluvia ni qué narices” a la par que, tras subirse la cremallera del pantalón, cerraba la ventanilla.

¡A la P.M. no, a la P.M. no! y vuelta a empezar.

Mariano nos decía algo así como: “menos quejas que el precio es una miseria; lo queréis todo, leñe”. Y se le respondía que demasiado alto era y debiera pagarnos él a nosotros por semejante lentitud.

¡Mariano, compra una cuerda que así podremos atarnos a cualquier vehículo que nos adelante y ganaremos rapidez!. Que la cuerda te la compre tu padre y te cuelgas con ella, respondía el Santo.

Cuando faltaban veinte Kilómetros para llegar a destino le espetábamos: “empieza a frenar Mariano querido que, con la velocidad que llevamos, no nos vayamos a pasar de largo”.

Carcajadas y más carcajadas (nuestras y suyas).

Por fin llegamos, Mariano entonces decía “chavales venga poneros bien y abrocharos las guerreras que aquí espera la P.M. y no la he llamado yo”. Nos quería, el tipo. Y queríamos al tipo.

Al despedirnos le lanzábamos la última coña del trayecto a nuestro Mariano dando un golpecito en su espalda y otro en el chasis de la máquina de café errante : “Mariano no te muevas que saludamos a la novia/amigos/familia y en un ratito estamos de vuelta, que si no arrancamos esta misma noche no llegaremos a tiempo  al campamento”. Respuesta: “andad a tocarles las pelotas a los vuestros, so  animales de bellota”.

El domingo por la tarde nuestro autocar salía de regreso una hora antes que los demás y llegaba a destino unos días después que ellos. Menos tiempo aguantando al Sr. vestido de camuflaje con estrellitas en las hombreras y a los suyos. No hay mal que por bien no venga.   

 

PD como homenaje al bendito chofer Mariano y a su autocar (aún ignoro si era suyo o únicamente lo manejaba).

 

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Las hormigas, su inteligencia y la fuerza de la gravedad. Y a todo eso, los petirrojos en ayunas

(Jordi Cabezas Salmerón)

 

Desde niño me ha apetecido contemplar la naturaleza en la quietud y soledad. ´

Únicamente yo; con el sentir de mi respiración serena, con la caricia del sol en el cuerpo, con el sonido de algún pájaro, con…

En definitiva, no tan solo.

Y de esa guisa observaba hoy el recodo del arroyo, mañana los juncos de su orilla, ayer los cercanos riscos y así hasta empaparme de todo el bello entorno.

Recuerdo que, en una de aquellas mañanas -ya lejanas- de contemplación (y disfrute), me tocó pasar revista a un árbol en el  cual  mi padre, aprovechándose de una protuberancia en el recio tronco, había colgado un bebedero y un comedero -de terracota- repletos de  agua y semillas para los petirrojos que revoloteaban, juguetones, por allí cerca. Butanitos les llamaba mi madre.

Hasta ese día los simpáticos pajarillos hallaban, en aquel árbol, un confortable mesón en el que el servicio de comida  incluía –por el mismo precio-   grano y también la bebida –eso sí, agua y no más-.

Sin embargo, en esa mañana de la que hablo entendí que, a partir de entonces, los comensales alados y con pechuga rojiza  tan sólo iban a disfrutar de bebida en el mesón.

La razón del cambio se debía a las hormigas. Y menos mal que los bichitos con antenas -al parecer- no iban sedientos dado que, en caso contrario, ni bebida hubiesen podido agenciarse los petirrojos.

Pues sí, señoras y señores, las hormigas se estaban llevando todas las semillas y las iban almacenando en su nido bajo los pies del árbol, entre sus raíces, como reservas para el futuro invierno.

Al observar el árbol destacaba y llamaba la atención una columna negruzca en movimiento que, desde tierra, ascendía hasta el comedero/mesón.

Y esa dinámica columna -formada por las hormigas- al llegar al citado comedero se hundía en él volviendo a aflorar –ahora con un color mezcla del negro y del de las semillas-  para descender por una ruta paralela a la del ascenso, en dirección a tierra y al hormiguero, del que luego la columna emanaba negruzca otra vez y emprendía, de nuevo, el ascenso por el tronco del árbol (que imaginaba inquieto ante tanto cosquilleo).

Vamos, que la hormigas -como ya dije- se llevaban la comida  y lo hacían en formación; así -en columna de dos o de tres- trepaban al mesón, se servía cada una de ellas  –en modalidad comida para llevar- un granito de semilla y descendían con él hasta su morada/almacén, descargando la comida y regresando de nuevo al mesón para una nueva recogida. Y así, como una ordenada y disciplinada rueda de carga y descarga, vaciaban el comedero y llenaban su hormiguero en un abrir y cerrar de ojos.

Como es de ver, con ello los petirrojos se quedaban a dos velas.

En la medida en que el diccionario define la inteligencia como la facultad de la mente que permite aprender, entender, razonar, tomar decisiones y formarse una idea determinada de la realidad, no cabe dudar de la inteligencia de nuestras amigas con patitas y antenitas.

Al día siguiente de aquél en que observé la habilidad de las hormigas para cambiar las cosas de lugar con rapidez en perjuicio de los del butano, la película mejoró.

Las hormigas pasaron a aplicar la versión 3.0 en la tarea de apoderarse de las semillas (que fueron repuestas adecuadamente por el proveedor –mi santo padre- después del consumo total de la jornada antecedente).

Al detectar la actualización –por parte de aquellos insectos- del método empleado, comprendí que éstos habían descubierto la fuerza de la gravedad. Y ello gracias a probables constataciones empíricas que habrían tenido lugar en el primer día de asalto al mesón; la caída por accidente laboral de alguna hormiguita desde lo alto, la pérdida de algún grano de semilla durante el descenso,  etc.  Y lo que cae desde el comedero, a tierra llega.

De nuevo, su inteligencia. ¿Para qué subir todas a por las semillitas y bajar  también todas cargadas con ellas? ¿no será mejor que suba únicamente  un pelotón y vaya dejando caer los granos que, por la fuerza de la gravedad –recién descubierta-, irán a parar al suelo en donde esperarán todas las otras que, raudamente, lo llevarán a su cercana casa y volverán otra vez a recoger lo que sigue bajando del cielo/mesón/comedero?

Ciertamente, el escenario en esa segunda mañana era este: un puñado de figurillas negras en lo alto del recipiente de terracota lanzando semillas fuera y una multitud  al pié del árbol recogiéndolas. Magnífico.

Y, claro, los petirrojos en ayunas. Bueno, en realidad a pan y agua; agua la del bebedero y pan, a migajas,  el que yo les daba aparte para compensar la situación temporalmente.

Y suerte que a los butanitos les gustan más las lombrices, gusanos, frutas y semillas que las hormigas… que, sino, ¿de qué?

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   En algunas ocasiones, el orden de los factores sí que altera el producto

Eso lo comprendí  hace ya algunos  -en realidad muy muchos- lustros cuando era estudiante de bachillerato en el inolvidable y glorioso Instituto “Jaime Balmes” de Barcelona.

Lo comprendí  -o me lo hicieron comprender- en clase de gimnasia –posteriormente denominada de educación física- .

De aquellas clases tengo recuerdos imborrables e impagables.  Uno de ellos eran las carreras de a dos  sobre una distancia de 100 metros lisos.

Bueno, lo de lisos era un decir, como paso a exponer: el “Jaime Balmes” disponía de dos patios, uno  adoquinado junto al vestíbulo -en el que formábamos cada mañana, bajo la ondeante bandera nacional,  antes de acceder a las aulas-  y otro mayor y de tierra en el centro de la isla de casas  -en el que se impartían las sesiones gimnasticas y  se realizaban los demás “eventos deportivos”-. Ambos patios se hallaban comunicados por un  corto pasadizo de no más de un metro y medio de ancho, que terminaba en un  bonito escalón de entrada al “recinto olímpico”.

Habida cuenta de que el  precitado espacio  gimnástico no alcanzaba los cien metros de longitud y de que , ni aún  sumándole la del  adoquinado  se  lograban esos metros, la carrera tenía su punto de partida  al comienzo del patio abanderado,  transcurría un tramo por  el suelo de adoquines,  entraba en la estrechez de pasadizo, superaba el escalón, proseguía por el piso de tierra, impactaba con la pared  final del patio grande y, tras giro atlético, proseguía –ahora de regreso al patio chico- unos veinte metros hasta alcanzar la meta. 

Un aparte para unas prácticas de suma:  (25 metros aprox.  del  patio  peque) + (55 m aprox.  del  grande, en  ida) + (20 m aprox. del grande,  en vuelta)  = 100 m  también aprox.  Todo muy aproximadamente, como es de ver.

La prueba no lo era tanto de velocidad, que también, sino de supervivencia. No era de extrañar que en la misma se perdiera alguno o ambos dos  corredores.  La meta era –tiempos al margen- para quien no hubiese quedado reventado en el estrecho pasadizo  (inhábil para el ancho de dos “atletas” juntos –sin contar con los codazos y empujones al uso-), ni hubiese salido disparado por los aires al tropezar en el escalón, ni hubiese caído de bruces al pasar de adoquín a arena/tierra,  ni tampoco se hubiese estrellado en el muro del puñetero giro de retorno; en definitiva, la meta era para los elegidos.

Vamos que, en realidad, eran cien metros obstáculos. Debe decirse que, con el tiempo y ante varias asistencias médicas, se habilitó una rampa de madera para salvar el bendito escalón.  Ignoro por qué digo bendito en lugar de maldito.

 Con la rampa, lógicamente,  se batieron todos los records habidos y por haber.

También recuerdo que el uniforme de gimnasia del Balmes no tenia chándal como ahora, iba de una camiseta imperio blanca –con tirantitos- o sea la de cada día, unas “wambas”  y, eso sí , unos pantalones cortos que mira tú por dónde, habían de ser blancos con unas rayitas rojas  (una en cada costado).

Mi abuela -una santa mujer a la que Dios tenga en la gloria- que había hecho de modista, se ofreció a confeccionarme unos pantalones de gimnasia –espléndidos, dijo-  con unos retales de ropa blanca y otros de roja. Fue una mala idea. Espero que también Dios la haya perdonado por ella; a mi me costó lo suyo.

Fue mala idea pues, al tener mas retal rojo que blanco, las rayitas rojas eran de un tamaño considerable.  Ciertamente quedaron espléndidos e incluso esplendorosos.

Tan es así que, cuando el profe de gimnasia –antiguo militar-, me contempló con ellos puestos soltó aquello de “chaval, dijimos blancos con rayas rojas no rojos con rayas blancas” retorciéndose de risa (al igual que mis queridos y nunca odiados condiscípulos).  Y  aquí me quedó claro eso de los factores, su orden, su producto… y de que  a veces sí y otras no.

Para colmo de los males  recuerdo que  ese mismo día (aciago donde los haya) el nene -en un “alarde de sincronización y pericia” al lanzar el disco, lo metió en el comedor de una de las casas cuyos ventanales acristalados y  hechos trizas daban al estadio olímpico. Y por si no fuese suficiente, ese día lucí el modelo por la calle Consejo de Ciento de nuestra ciudad. Ello sucedió cuando el ex milico me envió a rescatar el disco volador  de la casa damnificada y a decirles que pasasen  el gasto de la reparación a la Secretaria del “Insti”,  para que se le abonase.

La anciana que me abrió la puerta, seguro que abuela también, quedó impresionada por las franjas rojas de mis calzones; creo que tanto o más que por el estropicio sufrido. Debe señalarse en honor a le verdad.

 

Jordi Cabezas Salmerón

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